Super 8, bellos fuegos artificiales faltos de humanidad

Cuando saltó la noticia de que J.J.Abrams iba a hacer una película/homenaje al Spielberg de los 80 a todos los cinéfilos se nos hizo la boca agua. Que el gran ideólogo del audiovisual y el marketing del nuevo siglo rindiese pleitesía al maestro del cine del entretenimiento parecía una jugada maestra. Abrams había mamado el cine de Spielberg en su juventud y qué mejor que él para actualizar y reformular toda la idiosincracia del Rey Midas de Hollywood. Además, Abrams podría haber hecho una tarantinada: meter en la coctelera todos los ingredientes en forma de referentes y sacar algo nuevo pero con sabor añejo. Lo mejor de ayer y de hoy. Pero a Abrams ha fallado levemente en el cálculo, no se le ha llegado a cortar la mayonesa pero se ha quedado en el límite. Vayamos por partes.

Super 8 es puro Abrams. Y eso es bueno y malo al mismo tiempo. Puro entretenimiento completamente fuera de prejuicios. 112 minutos que se pasan volando y que te mantienen pegado a la butaca sin tiempo a pestañear. Aquí es donde Abrams se revela como un sobresaliente realizador, no perdiendo nunca el pulso del relato y trazando una huida hacia delante que no te deja respirar. Aventura en estado puro con las tablas suficientes como para que no te dé tiempo a pensar y pasar un rato de lo más agradable. Pero…

Volvemos al maestro. Si en algo se caracteriza Spielberg es en ser un excelente narrador. Pero además es un profundo investigador del alma humana en su vertiente más sentimental. Es cierto que esto a veces le ha jugado malas pasadas. En ciertas películas Spielberg se pasa de frenada y se vuelve un sentimentaloide pasteloso. Pero, ay, cuando le sale bien es el Maestro de la Fibra Sensible: los lagrimones que a día de hoy sigue provocando E.T. dan buena cuenta de ello.

Pero Abrams no. Abrams se queda en el fuego de artificio. Aquí no hay ternura ni humanidad. Lo que nos han vendido como el E.T. o Los Goonies del siglo XXI no es tal. Si por algo destacan estos dos referentes del cine juvenil ochentero es por el cariño que le tenemos a sus personajes. En Super 8 hay buenos actores: Joel Courtney cumple bien como el pequeño Joe, Kyle Chandler da el tipo de padre policía de buen corazón y Elle Fanning aporta su joven e hipnótica belleza (una subvención pido desde aquí para los padres de esta niña para que sigan procreando actrices de talento). Pero no hay personajes a los que le cojamos verdadero cariño. No hay emoción. Todo se reduce a una huida hacia delante, hacia ninguna parte de nuestras emociones. Y aquí es donde falla el cálculo de Abrams: que me has vendido una cosa y me das otra. Abrams, me dijiste que me ibas a dar una película spielbergiana pero se te ha olvidado el componente humano que en Spielberg es tan importante como el espectáculo. Y eso está feo, prometer algo y ni si quiera intentarlo. De hecho hubiese preferido que te pasases de sentimental, pero es que ni siquiera lo intentas.

Al final, como decía antes, esto es puro Abrams y no veo el prometido homenaje a Spielberg por ningún lado. Lo mejor de Abrams: el sentido del espectáculo como pocos directores de hoy en día. Lo peor de Abrams: que todo pasa porque sí en un contexto deshumanizado. Todo bien mientras transcurre el metraje, un poquito peor cuando se encienden las luces y te paras a pensarlo. Y Abrams se revela como el Maestro en Vender Motos.

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