Sing street, yo para ser feliz quiero un grupo de pop

Sing Street, la nueva película de John Carney repite el esquema de sus dos trabajos anteriores (Once, Begin Again) que tan buenos resultados le han dado, para acercarlo al gran público con una comedia naif para todos los públicos, o al menos aquellos con cinco discos de vinilo en su colección. Eso sí, esta vez más encaminado a los códigos narrativos habituales del cine que en sus anteriores obras, donde apostaba por un estilo más cercano al documental.

Sing Street

Connor, un chico de 15 años con todo el perfil de recibir collejas hasta en el cielo de la boca, decide montar un grupo pop-futurista en la escena dublinesa ochentera, para cautivar -y lo que surja- a la chica ideal de toda historia de amor, que cuánto más la conoces ves que menos ideal es; para ello reunirá a Los Vengadores de lo musical e irán en busca de sus sueños. En medio de todo eso, las aventuras y desventuras típicas de las comedias románticas de los ochenta, con salpicaduras sociales, para así hacer honor al pretacherismo más exacerbado.

Las continuas referencias a grupos musicales de la época hacen de Sing Street, el ejercicio ideal de nostalgia que necesita uno en un domingo por la tarde. Poco más se puede decir de esta cinta amable y  simpaticona, salvo que animamos desde aquí -el último bastión del buen gusto y de razón absoluta en forma de blog- a su director a que haga algo distinto un día. Una historia de terror sin música, ahí es donde está el riesgo.

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