Shame, el sexo como luz y pozo sin fondo

Da gusto ver cuando las previsiones que uno hace se cumplen. En la crítica de X-Men: Primera Generación escribí lo siguiente sobre Michael Fassbender: Auguro un gran futuro a este actor si no se tuerce en sus decisiones. Y eso que en ese momento no tenía ni idea de la existencia de la película que nos ocupa y que le valió la Copa Volpi al mejor actor en el Festival de Venecia. Un tanto para mí.

En Shame Fassbender interpreta a triunfador yuppie neoyorquino adicto al sexo. Y poco más se puede contar. Vemos su entorno laboral, sus fallidos intentos de vida social y su deficiente relación con su hermana, encarnada por una inmensa Carey Mulligan. Parece que Brandon sólo encuentra paz en la satisfacción de sus deseos sexuales y cualquier atisbo de profundización sentimental le provoca rechazo. Y la película nos sumerge en una espiral de soledad infranqueable a través de la mirada llorosa de Fassbender.

Poco importan los porqués de la oscuridad vital de Brandon donde el sexo es la luz y el pozo sin fondo al mismo tiempo. Shame opta por el relato entre abstracto e impresionista con el fin de conseguir un distanciamiento que nos impida cogerle cariño a su personaje protagonista. De este modo, Steve McQueen, el director, salva el escollo moralista judeo-cristiano que el sexo siempre lleva implícito aunque no queramos. Lo vergonzoso del título no es el sexo en si sino la mirada del otro al verte desnudo emocionalmente.

Película difícil e incómoda a la vez que hipnótica y terriblemente humana, Shame nos habla del abismo de la soledad y la dificultad de enfrentarnos a nosotros mismos. El sexo es una muy bien usada excusa narrativa (podría haber sido la adicción a cualquier otra cosa aunque ya sería otra película) para contarnos algo más. Si vuestra única intención es ver carne y admirar el pene de Michael Fassbender os podeis ahorrar los euros.

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