Festival de Sevilla: Cavalo dinheiro, fotografiando fantasmas

Punto de partida: no estoy familiarizado con el cine de Pedro Costa, no conozco demasiado su particular universo aunque soy consciente del prestigio y seguimiento que tiene entre los cinéfilos más sesudos. Y al mismo tiempo advierto: no me asustan en absoluto este tipo de propuestas más cercanas al la experimentación fílmica que al cine convencional.

De primeras la cinta me cautiva visualmente. El maravilloso trabajo de fotografía, encuadre y dirección artística hacen que sobresalga en la inicial lectura que hacen mis ojos. Es espectacular el juego de claroscuros a lo Caravaggio y el uso de espacios decadentes y abandonados que confieren ese tono lúgubre y siniestro con olor a hospital y muerte.

Me interesa ese estado de indefinición y de limbo en el que conviven los personajes, donde se mezclan recuerdos extraviados, apariciones, pesares y canciones. Esa reivindicación de la memoria del olvidado, de los invisibles y de la dignidad de la clase trabajadora tan presente en el film es muy potente. Además, el contexto histórico político y de guerra que resguarda toda la película es un elemento persistente y crucial. Hasta aquí todo OK.

Cavalo Dinheiro

Donde yo naufrago estrepitosamente en Cavalo dinheiro es en unir todas estas fascinantes piezas. La renuncia absoluta a una narrativa común, a la tensión, estructura y guión no me dejan asideros donde agarrarme y me hacen salir y entrar constantemente en una lucha interior incesante. El supuesto punto álgido en el que el protagonista Ventura confronta todos sus temores en un quirúrgico ascensor me expulsa violentamente ante una elección estilística que se me antoja dudosa y pobre: un personaje con un disfraz bastante chungo de soldado que provoca más risa que desasosiego.

Al final me quedo con aquello que más me ha impactado de Cavalo dinheiro, la expresividad y el susurro de unos actores que hacen que de forma natural y espontánea empatices con estos fantasmas tristes que a veces, en algún pasillo abandonado, se dejan fotografiar.

Nota: no apta para impacientes, somnolientos y fans de Roland Emmerich.

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